Textos

Melancolía y disolución

Texto de obra. Por Santiago García Navarro

Dos estados de ánimo dividen el mundo actual: el autoengaño celebrado y la melancolía. Del primero se puede aprender preguntándole a cualquiera que viva expuesto a los medios y sus márgenes (la moda, la política neoliberal, la empresa, etc.). Del segundo se puede aprender preguntándole a cualquier otra persona. Claro que esta división es falsa, pero es verdadera: falsa por resolutoria, verdadera porque, a diferencia de otros momentos de la modernidad, el nuestro está integralmente sumido en la tristeza y todo lo bueno se hace porque se hace contra su poder de impregnación. Este argumento es falso por los mismos motivos por los cuales es falsa la primera afirmación, verdadero, porque nuestros nervios en este mundo post-mundial han sido destrozados, y emitimos señales desde la latencia de los casi-muertos. 

Por eso no es de extrañar que el imaginario artístico reciente esté poblado de animales, siendo ubicuo el ciervo. Quien se haya detenido en la mirada de un ciervo entenderá por qué. Aunque una cornada puede espantar al enemigo, el ciervo tiene cuerpo de presa. Es un animal de combate, pero sobre todo un animal contra la pared: vive evitando la muerte. La imagen más sintética de la condición ciervo-humano compone escenas como la siguiente: alguien cortando el vientre del ciervo con la propia cornamenta del ciervo. Entonces, ¿cuál es la fortaleza del permanentemente condenado a morir? La de la persistencia a ciegas, hija del alerta perpetuo y de la brutalidad de la desesperación. Muchas veces, no obstante, se dibuja al ciervo como una figura elegante, espiritual. Esa delicadeza trasunta toda la melancolía del artista del presente, como si en el totalmente anulado se quisiese ver a un rey (pero un rey desvanecido en la indistinción de la no historia).

Joseph Beuys difundió su imaginario de otro mundo posible habiendo sobrevivido a una muerte segura. Su relación con la muerte difiere de la del hombre-ciervo en el hecho de que, tras el accidente en combate, reforzó una visión constructivista de la vida (individual y social), mientras que el hombre-ciervo simplemente aprieta los dientes y camina. Beuys y la liebre, finos en pinceladas de plata, al borde de lo invisible, de una timidez electrizante: así los redefine Débora, y en esa visión uno percibe la suave agonía de un quejido. Algo más en este orden ocurre cuando Débora pinta el retrato de Ana Mendieta en bigotes: el mirar de esa chica arrancada de su tierra y de sus padres a los trece años, que trató el resto de su vida de reparar esas heridas vitales, se convierte en el mirar de la mujer-ciervo, en su estupor, en su mudo pedido de auxilio. Como Beuys, Mendieta arremetió contra todo para poder reconstituirse. Se abrió, se despedazó, se entregó, y en esos procesos extremos incluyó como figuras a algunos animales. 

Débora vuelve a los animales dibujando-pintando con la persistencia muda de la mujer-ciervo. Por eso la presencia que les confiere a sus bestias es la de lo suspendido, no la de lo asentado. Provienen esos animales de lugares y tiempos diversos e indistintamente recombinables, muchos de los cuales, sin embargo, conforman un vasto imaginario infantil, errático y traumatizado, que abarca tanto el cuento clásico como la publicidad moderna y hasta los ecos de las recientes matanzas escolares. Débora le confiere a este imaginario una difusa vida real, convirtiéndolo en una descarada fantasmagoría.  

Sus obras más extrañas llevan las imágenes a la disolución. Pero de la disolución Débora hace surgir indicios de otra iconografía y, consecuentemente, de potenciales imaginarios, igual demasiado informes como para determinar nada. Pero donde uno se quedaría esperando la simple conformación de la nueva imagen, descubre que el viaje a la indeterminación es, inesperadamente, lo que proporciona el antídoto para la melancolía: no sólo porque la indeterminación indetermina los humores biliares, sino también, y sobre todo, porque reconecta con el infinito, y del informe infinito indeterminado tenemos toda la necesidad del mundo porque es en el contacto con su movilidad oceánica que la vida volverá a ser ambicionada.