Textos

Rocas Blandas Joyas Truchas

Texto de obra. Por Javier Villa

Galeria 713 Arte Contemporáneo / 2008

“No pretendo unir pintura con escultura…
Creo que hago cosas…
Me confieso, pues, devoto de la imagen silenciosa
y lo hago sabiendo que no tengo escapatoria”
Rubén Santantonín. 1961.

Me hubiese gustado que Rubén Santantonín sea mi quinto abuelo. Un abuelo oráculo. Lo llamaría abuelo coso. Conozco la sombra de Santantonín pero no su cara. Se me ocurre que la obra que un artista deja en su recorrido podría tomarse poéticamente como su sombra. Una imbricación casi somática entre autor y producción. En el rincón opuesto a los 60´s, porque entremedio estuvieron los 90´s.

Una obra se ilumina en un momento determinado y deja una sombra. El hombre se enciende poco tiempo y después se apaga. Su sombra es lo que se sostiene en el tiempo a través de sus cosas y sus cosas quedan flotando en algún lugar de la nuca de la historia. Cualquier historia.

Tendría un abuelo oráculo para bombardearlo a preguntas: ¿Se puede inventar el espacio o el espacio siempre existe a priori y se ocupa o se señala? ¿Podemos convocar al azar para librarnos a él o el azar nos sorprende y libera? ¿Es posible negar la forma formalmente (¿existe lo informe, deforme o amorfo?)? ¿Cómo se reparte actualmente la ficción…las promociones de enlarged your pennis son ficción, los emos son ficción, la política es ficción?   

Estoy completamente convencido de que toda obra de arte, de una manera u otra, incluye al espectador. Pero lo que me pregunto a veces es si las obras que lo incluyen de forma activa (obras que funcionan con tracción a sangre en tiempo presente) provocan una inmersión del espectador dentro de la ficción propuesta por el artista o, como un exfoliante, la aparición de este sujeto en el momento preciso limpia las capas de ficción que tiene la obra para llegar a un núcleo real y situado: el momento de la relación donde todas las sombras aparecen.

Se podría pensar en un legado que comienza en los sesentas de Eco y Barthes y atraviesa los noventas de Bourriaud, en el cual el espectador dejaría de ser un simple consumidor. Hoy la palabra consumidor tiene aroma a prehistoria. Hoy nos llaman usuarios. Hoy somos receptores y productores al mismo tiempo.

Las cosas de Débora pueden manipularse mediante su soporte (algo así como la base de una escultura que toma protagonismo cuando el espectador le da movimiento a la pieza).

Las cosas de Rubén no tienen base, flotan y proponen un interior misterioso y opaco. Las de Débora dejan ver el espacio englobado. Tienen silencio ambiente. Son delicadas y brutas, tenues y traslúcidas. Un jardín artificial despojado y sintético para el jangueo zen.

El silencio de Rubén es puro mutismo ante la ficción o la interpretación. Las cosas de Débora juegan con el espectador al dígalo con mímica ¡Son manteles con inteligencia artificial que mutaron a tanques duende-morfos sobre una isla en movimiento tipo Lost o el Delta! ¡Están a punto de atacar a los gigantes de Eliana Heredia!

Por qué no.

Un elemento tan corrosivo como el PVC puede aludir a la naturaleza y transformarse en una montaña con reflejos de luna llena; ya no es simplemente plástico suturado y pintado, pero tampoco deja de serlo.

Hace un tiempo que Débora desarrolla cosas que no dejan de ser pintura ni tampoco objeto y que, a su vez, no terminan de ser una cosa o la otra. Hoy incluye una nueva dimensión: la instalación en el espacio. Pero no frena ahí, sigue hasta la próxima (¿la cuarta o quinta dimensión?): aquella donde el espectador construye su propio paisaje virtual, en movimiento.

Y lo construye a partir de sus híbridos: esas cosas que no son ni pintura ni escultura ni instalación. Que pueden ser rocas, pero blandas, o joyas, pero truchas. Una cuarta o quinta dimensión: ese pequeño y significativo instante donde el usuario enciende la obra. Donde lo que finalmente permanece es su sombra.